miércoles, junio 01, 2016

La experiencia de la lengua. Por Augusto Munaro


Diario Los Andes
Sábado, 28 de mayo de 2016
Edición impresa/ 


La experiencia de la lengua// Por Augusto Munaro

La escritora y psicoanalista Vanesa Guerra trae una novela innovadora por donde se la lea: “Síndrome del montón”. “La sociedad es incapaz de pensar la angustia”, sostiene.






Teorizar la ficción y ficcionalizar la teoría, es la propuesta de Guerra.



Augusto Munaro - Especial para Cultura



La escritora y psicoanalista Vanesa Guerra acaba de publicar “Síndrome del montón” (Tren en Movimiento/El 8vo Loco ediciones), novela con un importante sesgo innovador. Una prosa que parece estar más allá de los géneros, corrosiva, paródica, deliciosamente bien escrita, Guerra se aventura al adentrarse en lo real de la escritura como experiencia reveladora.

Una de sus premisas más interesantes es considerar a la teoría como ficción (y viceversa). Mecanismos, operaciones metatextuales que activan -a través de una lúcida ilación verbal- otras napas de narratividad con los sucesos y personajes. Coral, por momentos crudamente arltiana, “Síndrome del montón” es una firme apuesta afincada pura y exclusivamente en la lengua y sus intersticios.

-¿Qué síndrome es el que ataca a los personajes de esta historia?

-Síndrome del montón es el nombre que toma la novela a fines del año pasado cuando la decisión de publicarla asume la fuerza para convertirla en un hecho. Este trabajo se conoció y estuvo colgado un breve tiempo en la web bajo el título Amanece arañado; era un nombre justo para los años en los que fue compuesta, la década de los 90. Para entonces, algo amanecía bajo una luz compleja, anómala, cierta cosa de la postmodernidad que supimos leer en Lyotard y Baudrillard hincaba su diente en este país pobre, disfrazado de ricachones que viajábamos con un dólar de baratija a cualquier lugar del mundo… ay, ¡costos antropofágicos!

En esos días, el pannick attac era una especie de virus, los profesionales de la salud, entre otros, diagnosticaban con ligereza tranquilizadora un Ataque de Pánico en quien tenían al lado, enfrente, abajo, arriba, en fin, recuerdo cómo se le arengaba, cómo se bajaba línea desde los medios, y cómo, por efecto, pululaban seres obedientes que apenas salían de la casa porque se mareaban, levitaban, vomitaban, se ahogaban, sudaban, deshidrataban el alma de forma repentina; en Todos, de algún modo, se gestaba la amenaza de una implosión existencial, recuerdo -muchos lo harán- cómo los acompañantes terapéuticos y contrafóbicos, más los grupos de confrontación multiplicaron ganancias y quehaceres, ¡Dios! eran tantos que habrían colmado innúmeros estadios; creo que fue una de las sintomatologías peor trabajada y considerada de la historia, por eso se volvió un producto de mercado que logró su gloria mediática, banal y arrasadora, esto último sobre todo, porque nadie cuestionaba nada, era un tapón y aún un tampón, toda una sociedad incapaz de pensar la angustia, de habitarla, de hacer algo con los restos, con los pliegues, de atender mínimamente a las señales, a lo que venía, todos muertos de miedo, un horda de zombies en la liviandad de la pizza y el champagne, del clonazepam y la sertralina, del talk show como formato de los primeros realities, y, mientras el desierto crecía con indiferencia abrumadora, deambulábamos hacia un reiterado origen de otra desdicha.

Hoy ya estamos amanecidos, rodeados, absolutamente enredados en las redes. Por eso creí que era mejor tomar el nombre Síndrome del montón, GSM (Grupo Síndrome del Montón) donde los personajes -unos cuantos extraviados- hacen lo que pueden (poco y con alto costo) con sus rasgadas existencias. Síndrome del montón es un estado de horror en el que se habita ignorándole.

-¿Qué te permitió explorar a través de esta forma de narración “astillada”, donde se mezclan las subjetividades narradoras?

-Adoro las escrituras corales, polifónicas, mi cabeza funciona de esa manera (digo mi cabeza para que se entienda, en verdad nunca la siento mía, siempre la voy perdiendo) estoy habitada por diversas voces, por diversos puntos de vista; esa coexistencia me habilita a más conexiones con los otros, ilumina la discontinuidad existente en el todos y aun: entre yo y yo.

Eso tiene que ver con la experiencia identitaria, recuerdo lo que conversé con Juliana Corbelli -que escribió los paratextos para esta novela (ella es una interlocutora hermosa)- recuerdo que le dije: mirá Juliana, en general no digo que SOY psicoanalista, digo que me dedico al psicoanálisis, a la escritura; porque la identidad se me escapa todas las mañanas, desde lo básico. Me despierto y tengo que pensar de nuevo: soy mujer, soy hombre, qué soy; despierto y soy una especie de alma, esa es mi identidad; y ahora, Augusto, agrego que la experiencia de identidad es una fragmentación polifónica atonal.

En mi cabeza el formato yoico ha caído, está hecho trizas y eso me ha liberado: entre el desamparo y la felicidad hay un tris, un suspiro. No tolero (me aburren) las historias sin puntos de fuga, las vidas no tienen nada que ver con ese afán de completud cronológico-lineal, mi vida y la de muchos es más etérea, suele ser un disparate, una disrupción permanente.

-Si nos dejamos guiar por el prólogo de la novela, la historia comenzó a escribirse hace más de dos décadas; hacia fines de los 90, comienzos de siglo. ¿A qué se debió esa particularidad?

-La primera versión se compuso en la década de los 90, y es esta que presento (hay más de veinte); en el 2000 quedó finalista en un concurso que organizó Alfaguara & el foco.com, en México, después durante algunos años intenté llevarla sin demasiado ánimo a distintas editoriales, y si bien fue leída y recibida con cierto interés, nunca se publicó hasta ahora en que Ana Ojeda y Alejandro Schmied la alojan en la Colección Fuera de Serie, editada por El 8vo loco y Tren en Movimiento.

La demora no fue intencionada, sin embargo, me cierra más que el libro aparezca en este tiempo que en aquel momento; Mariana Docampo sugirió que volviera al ruedo con este asunto textual que, por cierto, había dejado como a la deriva, como sin destino, pero con demasiada presencia porque este trabajo siempre estuvo orbitándome como un deja vu; conversando largo, larguísimo con ella supe que este era el buen tiempo para Síndrome del montón.

-Hay capítulos completos construidos a base de diálogos. ¿Pensás que eso te permitió favorecer la acción del hilo narrativo?, ¿por qué?

-No sé si favoreció, lo que sé es que no pude ni quise resistirme a esas voces, no eran narrables, eran cuerpos sonoros, bodoques robustos, ocupaban mucho espacio... yo hubiera querido que esas zonas del libro fueran grabaciones, audios.

Y si bien una versión de la novela fue concebida de esa forma, finalmente creí que era más cauto que la voz del lector, esa voz tan íntima y tan imposible para un otro, digo esa voz con la que alguien se lee a sí mismo, con la que alguien se habla o se piensa, o hace hablar a otros en sí en medio de una fantasmagoría, quedara solo irradiada solo por la letra, por la palabra impresa, o virtual.

-¿Según tu criterio, ¿existen otras escrituras rioplatenses que hayan explorado zonas cercanas al Síndrome del montón?, ¿acaso algún autor que venga a tu memoria?

-Posiblemente las haya y lamentablemente son libros que aún no he encontrado; en aquellos años leía de manera apasionada a Macedonio Fernández, era mi autor argentino preferido, y mis autoras amadas entonces eran Pizarnik (en sus modos más narrados y delirantes) y Silvina Ocampo.

Esa era mi Santísima Trinidad Literaria Argentina. Sé cuánto mordió, cuanto irradió, del mismo modo que sé que este trabajo está decididamente cruzado por Lyotard Baudrillard Freud + el conde de Saint German y Almodóvar + ciertas ideas de escuelas de psicología del yo, en particular las neoconductistas + el Homero (o LA Homero – Samuel Butler insistió que la obra fue compuesta por una mujer) de la Ilíada y la Odisea; ese cóctel fue un vuelo. Es verdad que me divertí, necesitaba un exorcismo, estaba aterrada, porque los 90 eran impunes y sensuales y todo el mundo caía o se zambullía en la trampa.

-¿Algún adelanto sobre tu esperado libro sobre Robert Walser?

-Estamos en eso, ya sale, en cualquier momento.





// dr. elephant
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miércoles, enero 20, 2016

Ins Schwarze blicken// Mirar lo negro, eine Erzählung von Vanesa Guerra aus dem Buch La Sombra del animal Übersetzung von Kristin Lohmann



Ins Schwarze blicken// Mirar lo negro, eine Erzählung von Vanesa Guerra aus dem Buch La Sombra del animal Übersetzung von Kristin Lohmann






Ins Schwarze blicken
Vanesa Guerra 
Übersetzung von Kristin Lohmann




...luna lunera cascabelera
luna lunaria cascabelaria
luna lunosa cascabelosa ...


Was zwingt mich eigentlich zu denken, dass dieses Mädchen, das mit neugierigem, ins Unendliche gerichtetem Blick die von einem silbernen Teleskop herangeholte Ferne betrachtet, von einem Teleskop, das auf einem Stativ steht und zum Mond hin geöffnet ist und zum Polarstern und zu dem tiefschwarzen Zwischenraum, der ein Gestirn vom anderen trennt; was also zwingt mich, zu denken, zu glauben, dass dieses Mädchen hier neben seinem Vater, das mit unendlicher Neugierde den gigantischen nächtlichen Himmel betrachtet, dass ich das bin mit vier Jahren?
Sie ist eine andere und sie kennt mich nicht; ich kann mich an sie erinnern, verschwommen, wie im Halbschlaf, nur gehört sie nicht mehr zu mir, sie ist mir in meinem Inneren verloren gegangen, sie ist mir abhanden gekommen.
In jener Nacht oder in irgendeiner dieser Nächte, die alle wie diese eine Nacht zu sein schienen, war ich gerade eingeschlafen, als das Fenster in meinem Zimmer, das zu dem verwilderten, weit vom nächsten Gebäude entfernten und von alten Bäumen umgebenen Grundstück hinter unserem Haus hinausging, zu einem dunklen und undurchsichtigen Grundstück in einem westlichen Randbezirk von Buenos Aires, als dieses Fenster aufleuchtete. Das offene Fenster in gleißendes Licht getaucht, die Jalousie heruntergelassen; drückend die Stille im Haus zu dieser Stunde. Mit einem Mal verschaffte sich die Lichtflut Zutritt ins Zimmer und zerschnitt den Raum mit ihren Strahlen: ein geöffneter Fächer. Die Spalten der Jalousie ließen die Fülle an Monden und Gestirnen kaum bis zu der cremefarbenen Wand hindurchsickern, an der eine fröhliche Familie von Plüschfiguren hängt: die Telerins, alle sechs, der Größe nach geordnet, mit ihren schwarzen Pupillen auf weißem Grund, wahnsinnsweiße Augen. Im Morgengrauen tanzen die Telerins einen ungewissen Tanz über meinem lichtverschreckten Kopf unter der bebenden Decke, die mir der Schrecken bis zu den Ohren hochgezogen hat. Der Hilfeschrei an meine Eltern fand nicht aus mir heraus; unartikuliert, unterdrückt, wurde er zum stummen Zeugen eines Leuchtens, das immer intensiver wurde, um schließlich den ganzen Raum einzunehmen und seine Formen zu verschlingen. Es nahm dem Raum Wände, Bett, Fenstersims, Gegenstände, und etwas, das ich nicht näher benennen kann, bewegte sich langsam auf mich zu, etwas Schwarzes, das immer größer wurde, das das Licht schluckte, das dunkler wurde, etwas, das weder Augen hatte, noch Stimme, noch Hände.
Am nächsten Tag sprachen die Nachbarn vom Lichtblitz: ganz Morón hatte es gesehen; in den spärlich bebauten Gegenden kann alles Mögliche passieren; was sich hinter den Baumgruppen gegenüber der Häuser befindet, weiß man nie: Brachland, Militärgelände, Schützengräben hinter einer akkuraten Reihe von Pappeln. Das Licht war aber von der anderen Seite gekommen, mag ich gedacht haben in der Kindersprache, die eine andere ist als die, die ich heute spreche; dieses „andere“ war eher intuitiv gesagt, es streifte die Dichte des Wortes nur; das Licht kam aus dem Grundstück hinter meinem Haus, aus dem Grundstück und vom Himmel, der eigentlich nicht so dunkel sein dürfte, wie er aussieht, mag ich gedacht haben, während meine Großmutter mit der Ladenbesitzerin sprach, die uns immer noch Brot verkauft und Betty heißt und eine Zwergin ist. Sie steigt deshalb jedes Mal auf eine Fußbank, als würde sie hinken, um den Ladentisch zu erreichen und unter einem Wortschwall die immer gleichen Nachbarn zu bedienen, die das Gespräch erwidern, mit kühlen Händen ihre Geldbörsen an sich pressen, die Augen zusammenkneifen und mir flüchtig über den Kopf streichen, denn Betty oder Bettys Laden ist der einzige im Viertel, in diesem Viertel voller Schlamm und Pfützen und Sneaker der Marke Flecha, weiß und nach neuem Gummi riechend, die hüpfend den Schlaglöchern ausweichen, bis sie ums Eck sind.
Betty stellt die seltsamsten Päckchen mit Keksen und Schokoladenringen zusammen – Ringe wie die vom Saturn –, sie holt sie als Extra aus einer blauen, quadratischen Dose heraus, die mit einer kleinen, runden Glasscheibe versehen ist, wie ein Bullauge, wie bei einem Taucheranzug, durch das ich heimlich ihre kleinen, dicklichen, verspielten Hände beobachte, wie sie durch die Kekse fahren, und ich sehe, wie abgebrochene Stücke und beschädigte Ringe von den unruhigen Fingern beiseitegeschoben werden.
Betty, seltsames Mädchen: ein wenig zu groß, mit Augen weit oben auf der öligen Stirn, Augen, die sehr nah an den Ohren sitzen, weit auseinanderliegend, wie Mamá erklärt; und dann dieses breite und auf finstere Art kindliche, große Gesicht, der Ladentisch reicht ihr gerade bis zur Taille und Betty wiegt und wog damals die Keksberge auf weißlichem Papier ab, rau auf der einen Seite, aber glatt und glänzend auf der anderen, und wie mit einem Zaubertrick faltet sie das Papier mit ihrer kleinen, flinken Hand und macht ein Päckchen daraus, so wie man den Teig einer Empanada umschlägt. An jenem Tag schob sie das Päckchen behutsam an den Rand des Ladentischs, wo sich der Zinn so glatt anfühlt, man aber nicht mit dem Mund über ihn streichen darf. Diesmal streckte ich die Hände aus und bekam das Päckchen zu fassen; so schnell ich konnte, lief ich nach Hause, als ich sie da oben sah, riesenhaft, schwankend auf ihrer Fußbank, ich sah sie, ich sah Betty, wie sie schaute, wie sie den Mund verzog, die Nase rümpfte, wie ihre Augen sich zu Schlitzen verengten, wie ... sie mich ansah, aber sie grinste nur und stammelte etwas wie:
Du hast es doch bestimmt auch gesehen ...
Die kleinen Päckchen mit Bettys Ringen kannte ich schon, bevor ich meine erste Empanada aß. Und mit der Zeit wurde mir klar, dass Betty vom Saturn gekommen war.


Das Schwarze schaut, es schaut mich an, und ich schaue zurück. Wenn man zu Tode erschrickt, lässt sich die Zeit nicht mehr messen; ein haarsträubender Moment, er dauert ewig an, dein Körper manifestiert sich im Schmerz, den die Verlassenheit angesichts der Bedrohung auslöst. Die Bedrohung transformiert dich, sie macht dich zum Gegenstand, macht dich zur Beute.
Betty; das seltsame Mädchen
Betty ist eine Zwergin, kein Mädchen.
Betty ist keine Zwergin.
Betty ist auch kein Mädchen.
Betty stieg aus einem Raumschiff, so einem wie das, das damals kam.
Sie wird zuvor schon aus dem Raumschiff gestiegen sein, bevor ihr hierher gezogen seid ... ich habe aber immer schon hier gelebt, antwortete ich. Nein, davor warst du noch nicht auf der Welt, und nicht auf der Welt zu sein, ist etwas sehr Merkwürdiges, und hier im Viertel geschahen Dinge, bevor du auf die Welt gekommen bist; deshalb kam das Raumschiff früher und ließ Betty hier, da war ich bestimmt auch noch nicht auf der Welt, und jetzt suchen sie sie oder vielleicht suchen sie auch Kinder, die sie durch Zwergenkinder ersetzen wollen. Besser, wir machen die Fenster zu.
Bettys Hände sind so groß wie meine Hände, aber faltig; die Füße kaum größer, die Nägel gekrümmt, gelblich, undefiniert; immer ertappte mich ihr Blick, wenn ich ihren großen Zeh betrachtete, wie er aus der Sandale herausschaute. Der Zeh zeigt auf die Tür, wie ein Zeh, der vor seinem Fuß davonlaufen will.
Ein Geiselzeh, wies Carlitos mich hin, das einzig Menschliche an diesem Körper.
Carlitos war der Größte von uns. Er roch schlecht und war immer schmutzig, muffig. Im Grundstück hinter seinem Haus gab es einen Hühnerstall und Doña Rosa brachte die Hühner um und aß sie; ein breites Messer hatte sie, mit gekrümmter Klinge. Einmal hob die kleine, dicke Frau das gekrümmte, gezahnte Messer und bevor sie es in einen Kürbis schlug, gerade als wir das Fenster schließen wollten grummelte sie:
Hey, ihr, damit operiert man Kinder mit Halsschmerzen.
Damals hatte ich jeden Monat einmal eine Halsentzündung und der Arzt riet zur Operation. Mein Großmutter – sie war Krankenschwester – bewahrte mich davor, und dank ihres Wissens überzeugte sie alle, dass eine Operation nicht nötig sei: Kinder bekommen Halsschmerzen, weil sie Angst haben, sagte sie. Kinder haben immer Angst, wir können ihnen doch nicht je nach Größe der Angst Körperteile entfernen, oder? Daraufhin träumte ich von einem schmerzenden Kopf, von dem man die Mandeln entfernt hatte, die Kehle, die Ohren, die Zähne, den Bauch ... Meine Großmutter war weise, und Doña Rosa, Carlitos’ Mutter – diese brutale Bestie, achte einfach nicht auf sie – gefiel ihr überhaupt nicht; nur rief sie großzügig mit den selben klugen Aussagen, die mit so mancher meiner Ängste aufräumten, neue, mich zu Tode erschreckende Fantasien hervor; das führt mich zu der Schlussfolgerung, dass es gar nicht um meine Großmutter ging, sondern um meine eigene, ergiebige Fähigkeit, Angst zu empfinden.
In einer dieser Nächte, die aus irgendeinem Grund alle gleich schienen und ewig dazu, schlief ich zusammen mit der Großmutter im Wohnzimmer, klammerte mich an sie, dass es ihr fast wehgetan haben muss. Ich hatte die Übertragung eines Mannes im Fernsehen gesehen, der in einer anderen Welt umherlief, eines Mannes, der die ersten Schritte auf dem Mond tat. Sie zogen die Vorhänge im Wohnzimmer auf und zeigten nach oben, dort, siehst du? Dort oben läuft ein Mann herum, ganz lautlos.
Es herrschte eine seltsame Glückseligkeit, eine Glückseligkeit, die ich nicht verstand, ausgelassen waren die Oliven essenden Münder, ausgelassen wurde zur Ruhe gemahnt, das Fernsehbild eingestellt, ausgelassen wurde das transparente Antennenkabel ausgerichtet.
Wir aßen Pizza; Pizza, die es nur zu festlichen Anlässen gab, man holte sie mit dem Auto von der Hauptstraße oder vielleicht fuhren sie auch bis nach Haedo, etwas weiter entfernt, etwas dichter bevölkert, etwas näher an der Kindheit meiner Eltern; wie viele Mitfieberer an jenem Abend da waren oder wer sie waren, weiß ich nicht mehr, das Haus war jedenfalls voller Freunde, für mich alles unterschiedliche Arten von Onkeln und Tanten, dickere Onkel, dünnere Onkel, lustigere Onkel, langweiligere Onkel; liebevolle Tanten, zerstreute Tanten und Tanten, die mir Schamgefühle machten, wie jemand, der einem etwas gibt, der dich nötigt, etwas aufzubewahren, obwohl du gar nicht weißt, wie oder wo; und ich, ganz gehorsam, aß, trank, hielt pflichtbewusst an dem Schamgefühl fest, und weil ich nicht wusste, wohin damit, ging ich ziellos umher, nervte und hielt überall Ausschau.
Die Pizza wurde in einer Schachtel gebracht, die mit einem Baumwollfaden zusammengehalten wurde, so straff gespannt wie Gitarrensaiten; auf der runden Schachtel aus dickem Styropor fielen mir die wie zufällig verstreuten kleinen blauen, roten und gelben Pünktchen auf. Normalerweise zerrieb ich solche Verpackungen in meinen Fingern und hortete die kleinen Kügelchen, ich stopfte sie in irgendein Fläschchen und manchmal zerquetschte ich sie mit den Zähnen und hörte sie quietschen in meinem Mund mit ihrem feinen, tristen, zu Ende gehenden Stimmchen, dann schluckte ich sie hinunter und sagte niemandem etwas und wartete darauf, dass irgendetwas Schreckliches geschehe; dieses Schreckliche hatte aber nie etwas mit Tod zu tun, das Schreckliche der Kindheit ist eher eine besondere Form der Verlassenheit.
Die Pizza war heiß und vielleicht war sie sogar noch besser als damals das Wasser aus der Leitung.
In jener Nacht kam die Großmutter nicht nach Hause; jene Nacht gehörte dem Mond, dem Fernseher und dem Teleskop; die Großmutter kam dann am nächsten Tag, sie durchquerte die Stadt in sintflutartigem Regen, einem Regen wie heute, mit Wassermassen, die alles überfluten, einem Regen, der, lange, bevor er auf einen selbst herabstürzt, den Geruch nach nasser Erde bringt, der die Erinnerung an den Duft von Wiesen herbeiträgt und an die tatsächliche Farbe der Bäume. Durch den namenlosen Mann im Mond und einen Himmel, der Stück für Stück herunterfiel, hatte sich meine Angst beträchtlich vergrößert und mich regelrecht überflutet: Meiner Großmutter, der weisen Krankenschwester, vertraute ich den ersten Anfall von Entsetzen an; kaum dass ich sie sah, warf ich mich in ihre Arme und begann zu zittern.
Ahh, das Schwarz ...
Ich schlief zusammen mit der Großmutter im Wohnzimmer, klammerte mich an sie, dass es ihr fast wehtun musste. An den Großmuttertagen wurde immer ein provisorisches Bett gegenüber dem großen Fernseher aufgebaut. Im Dunkeln war das in das Zedernholzmöbel eingebaute Gerät ein schwarzer Spiegel, der die Bewegungen präziser erfasste als ein Schatten. Von meinem Zimmer wollte ich nichts wissen, auch nichts von den Telerins, die wir Figur für Figur mit großen Taschen- und Halstüchern zugedeckt hatten.
Wir sollten sie abhängen, sagte Mamá.
Nein, sie sollten nur nicht schauen, sagte ich.
Eine Geisterfamilie, der Größe nach aufgehängt an der cremefarbenen Wand eines Kinderzimmers, eines verlassenen Kinderzimmers in einem Landhaus mit spitzem Dach, in einem Mittelschichtviertel, in dem die Grundstücke hinter den Häusern mit den alten, weit entfernten Bäumen des nächsten Gebäudes verschmelzen, dunkle und verlorene Grundstücke in einem westlichen Randbezirk von Buenos Aires. Ich hatte die Übertragung eines Mannes im Fernsehen gesehen, der in einer anderen Welt umherlief, eines Mannes, der die ersten Schritte auf dem Mond tat. Eines Mannes, der immer noch ein Mann war, selbst an einem Ort, der nicht die Erde war.
In der Nacht, die auf jene Nacht folgte, machte ich vielleicht zum ersten Mal die Erfahrung von Schlaflosigkeit. Jene Nacht bietet jedenfalls die Möglichkeit einer Erinnerung. Gut möglich, dass es nicht wirklich die erste Nacht war, aber es ist die Nacht, die ich nicht vergesse. Die Telerins mit ihren schwarzen Pupillen auf weißem Grund oder der große Fernseher als schwarzer Spiegel in der Nacht müssen in all den Nächten die einzigen, unwirklichen Zeugen all dessen gewesen sein, was ich vergessen habe.
Stumme Zeugen, wie der erstickte Schrei in der Nacht des Lichtblitzes, als das Leuchten immer intensiver wurde und mit einem Mal den ganzen Raum einnahm bis es all seine Formen verschlang und ihm Wände, Bett, Fenstersims, Gegenstände nahm und mich mit etwas konfrontierte, das ich immer noch nicht näher benennen kann, und das sich langsam auf mich zu bewegte und immer größer wurde, solange das Leuchten anhielt, und das immer dunkler wurde, ohne Augen, ohne Stimme, ohne Hände.
Die Schlaflosigkeit dieses Mädchens, das mir mit vier Jahren abhandengekommen ist, ist der Schlaflosigkeit der Frau, der Erwachsenen, die in der heutigen Regennacht schreibt, nicht unähnlich; denn obwohl sie sich nicht erkennen, lebt das Mädchen doch weiter, abhandengekommen, stumm, gefangen in dem tiefschwarzen Zwischenraum, der sich zwischen den Gestirnen ausbreitet, ganz wachsam gegenüber dem, was sich da nähert, wie um sie zu holen, sie mitzunehmen, ihr in einer Sprache aus einer anderen Welt ein Geheimnis ins Ohr zu flüstern: eine ganz private Nachricht, ganz leise geflüstert, damit die anderen, die friedlich schlafen oder komplizierte Träume von der anderen Seite der Geschichte träumen, nicht aufwachen.
Das Schwarz um die Astronauten herum, das Gesicht des Mädchens, aufmerksam und neugierig, wie es sich im Fernseher spiegelt, die Augen und Münder anderer, die sich im Mond widerspiegeln, in der unermesslichen Weite eines dunklen Himmels, schwarz und weiß wie versilbert, eine Kulisse, die noch dichter ist als die Baumallee bei Nacht.
In der Dunkelheit hat das Mädchen aus dem Blickwinkel noch andere Augen gesehen: meine, die nichts anderes als ihre sind, die sie betrachten von einem im Fernsehen übertragenen Mond aus, wie aus einem dunklen, fast schwarzen Spiegel heraus; und als das Mädchen das Schwarz des Bildschirms betrachtet, weiß sie nicht wie, wie sehr und wann sie selbst betrachtet wird.
Die Angst aber hat auch etwas Trauriges, denn mit diesem Mond, den sie jetzt aus so großer Entfernung sehen, mit diesem Mond, der so unmöglich mitten ins Wohnzimmer platziert wurde und der so weit entfernt ist von diesem anderen Mond mit der Wasseraura oben im Himmel, mit diesem neuen, seltsamen Mond verschwand der zusammen mit dem Vater mit neugierigem, ins Unendliche gerichtete Blick betrachtete Mond; das war nicht mehr der Mond, den das Teleskop näher herangerückt hatte und der nicht zuließ, dass man wirklich etwas sah; er gab keine Details preis, keine Gewissheiten, denn mit dem Vater zusammen den Mond zu betrachten, das hieß, das Geheimnis des Mondes zu schätzen und zu bewahren; jetzt aber, mit diesen Augen, in die sich Raumanzüge mischen, auf diesem heidnischen Mond, sieht das Mädchen Schatten, Asche, Schamhaftes, Spuren, Flaggen, Pizza essende Onkel, verhüllte Männer ohne Augen und Münder. Auch diese ihr so sehr zu eigenen Augen sieht sie, die die Dunkelheit und Traurigkeit herausgerissen haben – denn diese mir so sehr zu eigenen Augen blieben die des Mädchens, des abhanden gekommenen Mädchens, das auch mich ansieht, erschreckt, als wäre ich eine andere.
Am nächsten Tag stahl Carlitos den Deckel der Pizzaschachtel aus unserem Müllsack, den Deckel der Pizza, die wir ein paar Tage zuvor gegessen hatte; eklig war der Deckel, nicht einmal abgewaschen hat er ihn; schmierige Käsereste hingen daran, irgendetwas undefinierbares Dickes, Matschiges; was einmal so gut eine so gute Pizza geschützt hat, war jetzt eine Dreckschleuder, die die Luft mit Dreck, Käse, Fäden und Pfützenwasser verschmutzte; Carlitos warf den Deckel durch die Luft und machte aus ihm eine fliegende Untertasse, die ein Tempo entwickelte, das einem den Atem stocken ließ und einen zwang, sich in Windeseile wegzuducken. Von der Mitte des Blocks aus, wo mein Haus an seines grenzte, wirft Carlitos geschickt das dreckige, runde, Hals und Gesicht bedrohende Ding, anmutig fliegt es bis zur Ecke, knallt gegen die Fensterscheibe des Ladens und Carlitos kreischt: Hey, Betty, das kommt vom Saturn, vom Saturn kommt das, Betty!
Und Betty kam aus dem Laden, es dauerte solange, wie es eben dauerte, bis sie von der Fußbank gestiegen war, als ob sie hinkte, und hinter dem Vorhang aus braunen, gelben und grünen Plastikstreifen auftauchte, stückweise tauchte sie auf, zuerst die dicke Hand, dann der Fuß mit dem flüchtigen Zeh und ganz am Schluss das breite, großaugige, von einer mehrfarbigen, langen Mähne umrahmte Gesicht.
Ach wirklich, vom Saturn also ...?,
und sie sah mich dabei an, mich, nicht ihn, den dreckigen Carlitos, den Sohn der Hühnermörderin.
Na gut, Mädchen, dann weißt du also, woher sie kommen; nur was man nie weiß, ist, wohin sie gehen.
Und wieder verzog sie den Mund, rümpfte sie die Nase, sah mich an und ignorierte Carlitos so konsequent, als würde er gar nicht existieren, als wäre er unsichtbar für sie und nur für mich nicht aus Luft.
Wo sie hingehen? Diese beängstigende Vorstellung war mir gar nicht gekommen, und auch wenn es schrecklich war, dass Betty vom Saturn stammte, so war der Saturn doch zumindest ein Name, auf den ich am Himmel zeigen konnte, im Mai, Richtung Norden, und nicht nur das, er war etwas, das ich mit dem Teleskop ausfindig machen konnte, mit seinen komischen Ringen, himmlischen Lichtquellen, er war etwas, das mich meinem Vater wirklich näherbrachte und das in diesem intimen, einzigartigen Moment auf perfekte Weise das Tor zur Einsamkeit des Himmels und der Sterne öffnete; so erwuchs in mir, während ich mich durch das Teleskop mit dem Ende der Welt vertraut machte, eine frühe Form von Exil, und in solchen Momenten vergaß ich, dass ich noch ein kleines Mädchen war:
Ich pures Auge,
Ich Planet;
Ich Mond
Ich Schwarz
Ich Saturn


Ich Betty.
Betty, das wusste ich, war aus mir entstanden, war eines Nachts aus mir herausgekommen, in einer Nacht ohne Erinnerungen, einer Nacht ohne Augen; ich Mond, ich Saturn, ich Betty mein Zeh auf der Flucht.
Also lief ich, noch ohne Großmutter, nach Hause, ließ Carlitos stehen, und stellte mich auf ein Fußbänkchen, als ob ich hinkte, um den Badezimmerspiegel zu erreichen und mir ins Gesicht zu sehen und zu sehen, wer ich war: ob ich, ob Saturn, Betty, oder was auch immer Gesichtsloses.
Das Gefühl von Verlassenheit, nicht zu wissen, wer man ist, hat etwas Tiefschwarzes, etwas Schwarzes wie die tiefe Dichte, die sich zwischen den Gestirnen auftut. Und deshalb wird zwischen dem Leuchtenden und dem Leuchtenden in dem tiefen Zwischenraum geboren, was keinen Namen hat, das Schwarze, dieser Ort, zu dem, wie ich vermutete, die hingehen würden, die mich holen kamen; damals wusste ich noch nicht – und heute vergesse ich es manchmal – dass ich selbst es bin, die immer wieder aus dem tiefsten Schwarz heraus kam, kommt und wiederkommt, um mich zu holen und mich mitzunehmen, wohin auch immer.




**
Aus dem Buch:
La sombra del animal von Vanesa Guerra. Verlag Bajo La Luna, 2008, Buenos Aires, Argentinien.Primer Premio Libro de Cuentos por el Fondo Nacional de Las Artes (Erster Preis in der Kategorie Erzählung des argentinischen Kunst- und Kulturfonds), Argentinien, 2007. Seiten. 85-94.





dr. elephant

jueves, diciembre 03, 2015

Literatura y psicoanálisis, un mundo en común donde habitan las palabras Escritores analistas retoman el fructífero vínculo que, de Freud a hoy, se mantiene entre estas disciplinas, y debaten ese lugar bisagra que personifican. Nota de Daniel Gigena en diálogo con Gabriel Rolón, Carlos Chernov, Flor Codagnone, Vanesa Guerra, Luciano Lutereau, Edgardo Scott, Sara Cohen y Jose Ioskyn

Literatura y psicoanálisis, un mundo en común donde habitan las palabras Escritores analistas retoman el fructífero vínculo que, de Freud a hoy, se mantiene entre estas disciplinas, y debaten ese lugar bisagra que personifican// nota de Daniel Gigena en diálogo con Gabriel Rolón, Carlos Chernov, Flor Codagnone, Vanesa Guerra, Luciano Lutereau, Edgardo Scott, Sara Cohen y Jose Ioskyn 

Ideas diario La Nación 
Argentina 25 de noviembre 2015



Literatura y psicoanálisis, un mundo en común donde habitan las palabras


Escritores analistas retoman el fructífero vínculo que, de Freud a hoy, se mantiene entre estas disciplinas, y debaten ese lugar bisagra que personifican

por Daniel Gigena

Desde el surgimiento del psicoanálisis en Viena, a fines del siglo XIX, las relaciones con la literatura fueron fértiles. Si bien los gustos literarios de Freud no se caracterizaban por su adhesión a las vanguardias -además de su interés por Sófocles, se sabe que admiraba a Shakespeare y a Dostoievski-, su señalamiento de que la literatura advertía síntomas de la cultura occidental antes que la ciencia fue decisivo para tejer alianzas. Años después, Lacan indicó que El arrebato de Lol V. Stein, de Marguerite Duras, lo precedía en el descubrimiento de un saber: "Es precisamente lo que reconozco en el encantamiento de Lol V. Stein, donde Marguerite Duras demuestra saber sin mí lo que yo enseño". La escritora había llegado antes que el analista dandi.

En la Argentina ese vínculo fue también fructífero, sobre todo en los 70, con escritores y analistas como Luis Gusmán, Germán García y Osvaldo Lamborghini. Desde la revista Literal, dirigida por García (hace poco reeditada en edición facsimilar por la Biblioteca Nacional), se reivindicaba el estatuto autónomo de un nuevo lenguaje que entrelazaba el psicoanálisis con la semiótica, la crítica y la literatura: la ficción teórica.


¿Cómo es hoy esa relación en la Argentina y qué incidencia tiene en la industria editorial? ¿Sigue siendo significativo o actúa con la inercia del pasado? Una primera respuesta la aporta la jornada de diálogos con escritores y psicoanalistas que se realizó anteayer en la BN. Luego, son muchas más las voces que hablan de la vigencia de esta conexión. "El psicoanálisis, como la literatura, es un mundo habitado por palabras. Es muy común que un analista escriba; puede escribir sus casos para sí mismo, para revisar su práctica clínica o pensar cómo destrabar un caso complejo, pero también para sublimar, para realizar un acto creativo -dice Gabriel Rolón, autor de varios best sellersensayísticos y de una primera novela con temática "psi", Los padecientes, donde el psicoanalista actúa como detective-. El consultorio implica el contacto directo y cotidiano con la angustia y la posibilidad de sumirse en el arte resulta fundamental para quienes estamos tantas horas cara a cara con el dolor. Diría que el ejercicio artístico no sólo es compatible, sino también indispensable para un psicoanalista." Respecto de las temáticas que comparten ambos dominios, el autor de Cara a cara es preciso. "El ser humano y sus pasiones. Ningún libro escapa a la tragedia de la vida, al milagro del amor o al infierno del desamor. El deseo y la lucha, la agonía y el placer. Todo esto recorre las páginas y también el consultorio."

Para Edgardo Scott, psicoanalista, escritor y editor, narradores como Carlos Gamerro o Martín Kohan hallaron una tradición en Viñas o Piglia. Otros, como Hernán Ronsino y Gustavo Ferreyra, siguieron la senda sociológica frecuentada por Fogwill. "Aprecio mucho a los escritores que ha dado el psicoanálisis: Germán García, Lamborghini. Y sobre todo Luis Gusmán, que siempre lo he tenido y querido como a un maestro. O escritores y críticos que están muy cerca, muy influidos por el psicoanálisis: Ricardo Zelarayán, Libertella, Ludmer, Alan Pauls", distingue. "En los últimos años veo que otra vez el psicoanálisis recupera un lugar dentro de la crítica, del modo de leer. Cuando leo textos de Damián Selci, Juan Terranova, Diego Peller, veo que el psicoanálisis es muy visible y lúcido, una herramienta de lectura y no una doxa."


El caso de los casos reales

También escritora y psicoanalista, Vanesa Guerra publicará en diciembre su novela Síndrome del montón, donde la jerga "psi" ingresa en la trama como objeto de parodia y de misterio neurótico. "Me interesa la experiencia de la lengua como una experiencia del ser y del tiempo que nos compone y nos descompone. No me interesa la lengua al servicio de una historia, por eso guardo una afinidad especial con la poesía y cierta escritura filosófica. El psicoanálisis también propone esa aventura: desmontar el yo, intervenir el lenguaje que se nos ha pegoteado como una segunda piel sin poros."

Se publican muchas ficciones de divulgación teórica que suelen utilizar casos reales de pacientes para circunscribir un síntoma, un tipo de sufrimiento, cierta clase de redención. El terapeuta y narrador estadounidense Irvin Yalom ha construido una especie de pyme o nicho editorial con esa marca. A propósito, Guerra comenta: "La clínica es algo privado, de otro orden, no interviene ni aporta al acto creativo. Incluso agregaría que sólo una vez, en casi 30 años de profesión, escribí un caso clínico, y lo hice porque buscaba hacer transmisión de práctica. Hoy no lo haría". Para Luciano Lutereau, psicoanalista, docente e investigador, autor de libros de psicoanálisis y de obras literarias, todo caso es una ficción. "Un caso siempre se escribe desde una estructura narrativa y una función literaria. La escritura y la experiencia clínica son excluyentes, porque la escritura es una experiencia que tiene sus propios fundamentos; de ahí que no haya escritura de la realidad, sino lo real de la escritura. Respecto de la ficcionalización de casos que no se corresponden directamente con una experiencia, cabría esta indicación: es imposible inventar casos, como es imposible escribir una ficción sin recurrir a la imaginación. Ocurre con Rolón, cuya obra no se propone comunicar a colegas problemas relacionados con los tratamientos; eso mismo lo hace poco interesante para mí, pero muy valioso para miles de lectores."

Si se observa el fenómeno desde el vector literario, la situación se modifica: "Sospecho que el concepto de ficción también está presente en un análisis -dice Flor Codagnone, autora con Nicolás Cerruti de Psicoanálisis - literatura. El signo de lo irrepetible-. Se narra no para evitar la verdad, sino para poner la complejidad sobre la mesa, y ese relato toma elementos y recursos de lo ficcional. En ese sentido, literatura y psicoanálisis comparten un modo de narrar y quizás una forma de lectura".
Del diván al verso

La Argentina tiene un historial de poetas psicoanalistas o poetas en los que el discurso del psicoanálisis ha cobrado gran relieve: Alejandra Pizarnik, Susana Thénon, Tamara Kamenszain. Entre los más jóvenes, figuran Claudia Masín, Sara Cohen y José Ioskyn. Ioskyn es autor de Literatura y vacío, y de los libros de poemas Nunca vi el mar yAcerca de un imperio, que se publicará próximamente. "En mi caso, el análisis personal me ayudó mucho en la escritura, sobre todo porque implicó en parte un adiestramiento, el de decir lo importante, lo verdadero y no irse por las ramas ni relativizar, decir en pocas palabras, ir al punto crítico de manera directa, y tomar en cuenta lo que uno no se anima a saber o lo que rechaza, e incluirlo en el discurso propio. Para Cohen, la escritura, como la vida, depara muchas sorpresas. "También el hecho de atender pacientes las depara. La escritura le revela a quien escribe algo desconocido para sí. No hay proyecto de escritura que no devenga a partir del proceso mismo, con la sorpresa que eso supone, y uno se dice: ¡Qué cosa, mirá lo que vine a escribir que yo no sabía!"

Escritor y psicoanalista, Carlos Chernov apunta una diferencia crucial: "El lugar que ocupan los cuerpos. Presentes ambos, paciente y analista, en el mismo espacio y tiempo. En tanto con la escritura ocurre lo contrario: se escribe a solas y la lectura siempre es diferida. El psicoanálisis es carnal; las letras, descarnadas, pero pueden encarnarse; me refiero al milagro de que revivan en la mente del lector y lo transporten a otro mundo." Ambas prácticas, sin embargo, se apoyan en el valor concedido a la palabra, al "máximo manifiesto" de lo que se dice (o se escribe). Esa potencia es la que la literatura intenta, cada vez, recuperar y expandir.



dr. elephant

domingo, noviembre 01, 2015

OTRA VOZ > Paul B. Preciado






OTRA VOZ
por PAUL B. PRECIADO








Estoy acostumbrándome a mi nueva voz. La administración de testosterona hace que las cuerdas vocales crezcan y se engrosen, produciendo un timbre más grave. Esta voz surge como un máscara de aire que viene de dentro. Siento una vibración que se propaga en mi garganta como si fuera una grabación que sale a través de mi boca transformándola en un megáfono de lo extraño. Yo no me reconozco. Pero, ¿qué quiere decir “yo” en esta frase? “¿Puede el subalterno hablar?”: la pregunta que Gayatri C. Spivak hacía pensando en las complejas condiciones de enunciación de los pueblos colonizados cobra ahora un sentido distinto. ¿Y si el subalterno fuera también una posibilidad siempre ya contenida en nuestro propio proceso de subjetivación? ¿Cómo dejar que nuestro subalterno trans hable? ¿Y con qué voz? ¿Y si perder la propia voz, como índice onto-teológico de la soberanía del sujeto, fuera la primera condición para dejar hablar al subalterno?



Los otros, claro está, tampoco reconocen esta voz que la testosterona induce. El teléfono ha dejado de ser un fiel emisario para convertirse en un traidor. Llamo a mi madre y ella contesta: “¿Quién está ahí? ¿Quién es?” La ruptura del reconocimiento hace ahora explícita una distancia que siempre existió. Yo hablaba y ellos no me reconocían. La necesidad de verificación pone a prueba la filiación. ¿Soy realmente su hijo? ¿Fui alguna vez realmente su hijo? A veces cuelgo porque temo no ser capaz de explicar lo que ocurre. Otras digo: “soy yo”, e inmediatamente después añado “estoy bien”, como para evitar que la duda o la alerta se antepongan a la aceptación.


Una voz que no era hasta ahora la mía busca refugio en mi cuerpo y se lo voy a dar. Viajo ahora constantemente, estoy una semana en Estambul, otra en Kiev, o en Barcelona, Atenas, Berlín, Kassel, Frankfurt, Helsinki, Stuttgart… El viaje traduce el proceso de mutación, como si la deriva exterior intentara relatar el nomadismo interno. Nunca me despierto dos veces en la misma cama… ni en el mismo cuerpo. Por todas partes se oye el rumor de la batalla entre la permanencia y el cambio, entre la identidad y la diferencia, entre la frontera y el oleaje, entre los que se quedan y los que están obligados a partir, entre la muerte y el deseo.


Esta voz aparentemente masculina recodifica mi cuerpo y lo libera de verificación anatómica. La violencia epistémica del binarismo sexual y de género reduce la radical heterogeneidad de esa nueva voz a la masculinidad. La voz es el amo de la verdad. Recuerdo entonces la posible raíz común de las palabras latinas “testigo” y “testículo”. Sólo el que tiene testículos puede hablar frente a la ley. Del mismo modo que la píldora indujo una separación técnica entre heterosexualidad y reproducción, el Ciclopentilpropionato, la testosterona que ahora me inyecto intramuscularmente, independiza la producción hormonal de los testículos. O por decirlo de otro modo: “mis” testículos —si por ello entendemos el órgano productor de testosterona— son inorgánicos, externos, colectivos y dependen en parte de la industria farmacéutica y en parte de las instituciones legales y sanitarias que me dan acceso a la molécula. “Mis” testículos son una pequeña botella con 250 mg de testosterona que viaja en mi mochila. No se trata de que “mis” testículos estén fuera de mi cuerpo, sino más bien que “mi” cuerpo está más allá de “mi” piel, en un lugar que no puede ser pensado simplemente como mío. El cuerpo no es propiedad, sino relación. La identidad (sexual, de género, nacional o racial…) no es esencia, sino relación.


Mis testículos son un órgano político que hemos inventado colectivamente y que nos permite producir de forma intencional una variedad de masculinidad social: un conjunto de modalidades de encarnación que por convención cultural reconocemos como masculinas. Al llegar a mi sangre, esa testosterona sintética estimula la hipófisis anterior y el hipotálamo y los ovarios dejan de producir óvulos. No hay sin embargo producción de esperma, porque mi cuerpo no posee células de Sertoli ni túbulos seminíferos. Imagino que probablemente no esté tan lejano el día en el que estos puedan ser diseñados por una impresora 3D a partir de mi propio ADN. Pero de momento, dentro de nuestra episteme capitalo-petro-lingüística, mi identidad trans tendrá que hacerse con un bricolaje mucho más low-tech. Si hubiéramos dedicado tanta investigación a comunicar con los árboles como hemos dedicado a la extracción y el uso del petróleo quizás podríamos iluminar una ciudad a través de la fotosíntesis, o podríamos sentir la sabia vegetal corriendo por nuestras venas, pero nuestra civilización occidental se ha especializado en el capital y la dominación, en la taxonomía y la identificación, no en la cooperación y la mutación. En otra episteme, mi nueva voz sería la voz de la ballena o el sonido del trueno, aquí es simplemente una voz masculina.


Cada mañana, el tono de la primera palabra pronunciada es un enigma. La voz que habla a través de mi cuerpo no se acuerda de sí misma. Tampoco el rostro mutante puede servir como un lugar estable para que la voz busque un territorio de identificación. Esa voz cambiante no es ni simplemente una ni simplemente masculina. Por el contrario, declina la subjetividad en plural: no dice yo, dice somos el viaje. Quizás sea eso lo que quede del yo occidental y de su absurda pretensión de autonomía individual: ser el lugar en el que se deshace y rehace la voz, el sitio, habría dicho Derrida, desde el que se opera la desconstrucción del fono-logo-falo-centrismo. Desposeído de la voz como verdad del sujeto y sabiendo que los testículos son siempre un aparato social prostético, me siento un cómico caso de estudio derridiano y me río de mí mismo. Y al reírme noto que la voz salta en mi garganta.


Fuente:

Parole de Queer





Entrevista a PAUL B.PRECIADO: DO YOU SWALLOW?


dr. elephant

martes, junio 30, 2015

Rociados










Mientras en Filipinas los niños pez realzan un voto recordatorio por las especies próximas a extinguirse, acá en Buenos Aires, a unos ciento y pico de kilómetros hacia el oeste, una avioneta pequeña y colorida ha despuntado como un corso por arriba de la alameda y lanza su habitual pesticida sobre los campos de soja linderos a una escuela rural, de caminito anegado cada vez que llueve; para esta vuelta, la avioneta a hélice que relumbra en rojofuego, no elude el establecimiento y atraviesa a vuelo rasante el patio de tierra apisonada donde juegan algunos chicos y conversan de recreo dos maestras. El rociado apestoso hace lo suyo, moja caras, mocos, ojos, bocas y del silencio al grito sólo unos motores que se alejan; para la misma noche se sabe que las consecuencias son graves y en la mañana siguiente que los trámites de amparo son imposibles por interminables.
El punto, siempre en movimiento hasta librarse de la línea, discurre primero al agua intomable que se bebe a diario, luego a las ocurrencias henchidas de aquel que defiende lo que amarroca en su gestión intendencial para esta comunidad ínfima y sometida; insidioso, frente a hechos y quejas repetidas como rosarios, el hombre insiste en cavar pozos más hondos que agujereen el planeta -¿acaso no pueden, inútiles?-; más tarde incita a comprar los purificadores de agua que fabrica el pueblo –todos saben que la fábrica trajo puestos, pan digno, dientes y también saben que entre los puestos dados, uno es de él: puesto de dueño, dueño sin cartel, asociado a un sojero de la zona vecina-; impotentes y furiosos son puñado y cortan una ruta provincial, bacheada, sinuosa, hasta que un par de camiones les pasa por encima; otra vez son máquinas de otros los que se llevan la cosa y el punto que lastra deja una estela parecida a una pregunta: fue la avioneta o la maniobra (¿dirían que no es lo mismo?) esos motores resuenan a algo que no distingue entre peste y gente. Pareciera que la fórmula de la violencia hoy asume una carencia de sujeto pavorosa, en ese campo social hay peste contra pesticidio.

vanesa guerra
publicado en diario tiempo argentino
http://tiempo.infonews.com/nota/156135/rociados
dr. elephant

sábado, mayo 23, 2015

La sociedad del cansancio. Byung Chul Han Por Ana March.


La sociedad del cansancio. Byung Chul Han 

Por Ana March. 





El suicidio causa más muertes anuales que las que suman en conjunto las guerras y los homicidios. La Organización Mundial de la Salud estima que para el año 2020 la cifra anual de personas que deciden poner fin drásticamente a su existencia aumente a un millón y medio de personas. Así mismo las enfermedades neuronales, la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional, entre otras, se han vuelto el mayor problema de salud de nuestro tiempo, con índices que deben ser entendidos como los de una gran pandemia global.
El filósofo coreano Byung-Chul Han, en su libro ‘La sociedad del cansancio’ (convertido en un inesperado best seller en Alemania, y editado en España por Herder Editorial en 2012), explora la sutil interacción entre el discurso social y el discurso biológico tomando como base la permeabilización que se efectúa entre ambos, para denunciar un cambio de paradigma que, según explica, está pasando inadvertido. Su teoría va más allá del trabajo de filósofos como Roberto Espósito o Jean Baudrillard, quienes ya habían explorado esta interconectividad y a quienes Byung-Chul Han refuta, preconizando que ya no vivimos en una sociedad inmunológica, sino que la violencia inmanente al sistema es neuronal y, por tanto, no desarrolla una reacción de rechazo en el cuerpo social

La violencia neuronal 

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. Así, existe una época bacterial que, sin embargo, toca a su fin con el descubrimiento de los antibióticos. A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal, actualmente no vivimos una época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica. El comienzo de siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal”, escribe Byung-Chul. Según se desprende de ‘La sociedad del Cansancio’ el siglo pasado puede definirse desde su propia perspectiva inmunológica: entonces existía una clara división entre el adentro y el afuera, el enemigo y el amigo o entre lo propio y lo extraño. También la guerra fría obedecía a este esquema. El paradigma inmunológico estaba dominado por completo por el vocabulario de la guerra fría, es decir, se regía conforme a un verdadero dispositivo militar. Ataque y defensa determinaban no solo la acción del organismo en el campo biológico sino también el comportamiento del conjunto de la sociedad. Lo extraño era rechazado aunque no encerrara en sí mismo ninguna intención hostil. El objeto de resistencia, tanto en lo biológico como en lo social, era la extrañeza. Con el fin de la guerra fría, explica Byung-Chul Han, paradójicamente, se da también un cambio de paradigma inmunológico en el seno mismo de la biología: la inmunóloga norteamericana Polly Matzinger rehúsa el concepto de “propio y extraño” y desarrolla un nuevo modelo en el cual define que el comportamiento del organismo diferencia entre “amistoso y peligroso”. Lo que significa que la resistencia inmunológica no se basa en la extrañeza, sino que distingue al intruso que se comporta de manera destructiva en el interior del organismo, y lo rechaza, pero mientras lo extraño no llame la atención en este sentido, la resistencia inmunológica no lo afecta. La idea de Matzinger develó que el sistema inmunitario biológico es más generoso de lo que hasta entonces se pensaba, pues no conoce ninguna xenofobia, manifestando que la antigua concepción de propio y extraño, de ataque y defensa, se correspondía con una reacción exagerada e incluso nociva para el propio desarrollo. Ahora bien, atendiendo a lo que nos dice Byung-Chul Han, este cambio de paradigma en lo biológico también tuvo su correspondencia en el plano social. Desde el fin de la guerra fría la sociedad se ha sustraído a la idea de la “otredad” sustituyéndola por la inofensiva “diferencia”. La extrañeza ha desaparecido, el nuevo esquema de organización ha dejado atrás al sujeto inmunológico convirtiendo al individuo en consumidor y turista de lo exótico. Así, la negatividad que era el rasgo fundamental de la inmunidad, de lo otro como negatividad, es reemplazado por la dialéctica de la positividad y su “totalitarismo de lo idéntico”, como lo definió Baudrillard, marcada por la desaparición de la singularidad, la proliferación de la homogenización y la equivalencia, así como por una sobreabundancia de los sistemas de comunicación, información y producción, que no generan una reacción de rechazo inmunológico en la sociedad, así como la obesidad no produce una reacción inmunitaria en el organismo. La diferencia soberana que distinguía lo uno de lo otro ha desaparecido y ahora lo que impera es lo idéntico. Es en la sobreabundancia de lo idéntico, en ese exceso de positividad que no crea anticuerpos, no genera ningún rechazo ni implica ninguna negatividad, donde Byung-Chul Han encuentra las razones para explicar la proliferación de los estados patológicos neuronales. La violencia hoy ha dejado de responder a los esquemas inmunológicos virales de lo propio y lo extraño, como la planteaba Baudrillard. La violencia hoy es neuronal e inmanente al sistema, sentencia el autor, quien atribuye al “superrendimiento”, la “supercomunicación” y la “superproducción” actual las razones que generan un colapso del Yo, en lo que denomina “infartos psíquicos”. Atendiendo a ‘La sociedad del cansancio’ el agotamiento, la fatiga, la sensación de asfixia son manifestaciones de esa violencia neuronal que se ve proyectada desde el corazón mismo del sistema y se infiltra por todas partes en una sociedad permisiva y pacífica. La positivización del mundo ha permitido esta nueva forma de violencia. Al encontrar el espacio de lo idéntico libre de negatividad, sin ninguna polarización entre amigo y enemigo, entre adentro y afuera, se constituye una forma de terror de la inmanencia. 

Más allá de la sociedad disciplinaria 

Según explica Byung-Chul Han la sociedad disciplinaria de Foucault, con sus cárceles, hospitales y psiquiátricos ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. Una nueva sociedad de gimnasios, torres de oficina, laboratorios genéticos, bancos y grandes centros comerciales componen lo que el autor denomina la sociedad de rendimiento. El anterior “sujeto de obediencia” ha sido reemplazado por el “sujeto de rendimiento”. Aquellos viejos muros que delimitaban lo normal de lo anormal y toda la negatividad de la dialéctica que encerraba la sociedad disciplinaria han caído, hoy la sociedad positiva de rendimiento ha reemplazado la prohibición por el verbo modal “poder”, con su plural afirmativo “Yes, we can”. Las motivaciones, el emprendimiento, los proyectos y la iniciativa han reemplazado la prohibición, el mandato o la ley. Según se explica en el libro la antigua técnica disciplinaria con su esquema de prohibición, después de cierto punto de productividad alcanza un límite bloqueante e impide un crecimiento de la producción. Con afán de maximizar la producción -algo al parecer inherente al inconsciente social-, se ha reemplazado el paradigma disciplinario por el de rendimiento. La positividad de “poder” es más eficiente que la negatividad del “deber”. De este modo el inconsciente social ha pasado del deber al poder, pero sin anularse uno a otro, esto es, como una continuidad: el sujeto de rendimiento sigue disciplinado. En su trabajo La fatiga de ser uno mismo. Depresión y sociedad’, A. Ehrenberg situó la depresión como consecuencia del paso de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento, esto es, debido a la desaparición de los roles que otorgaba la sociedad de control y la posterior inducción a la iniciativa personal que obliga a devenir por uno mismo. En este planteamiento Byung-Chul Han ve discutible el que no se haya reparado en la presión por el rendimiento a la que se ve sometido el individuo actualmente, “en realidad, lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento como nuevo mandato de la sociedad de trabajo tardomoderna”, y su libertad paradógica. 

El sujeto de rendimiento 

El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra contra sí mismo, sentencia Byung-Chul. Libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o lo explote, sometido sólo a sí mismo, “el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o la libre obligación de maximizar su rendimiento. El exceso de trabajo se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad”. El exceso de positividad también ha variado la estructura y la economía de la atención, la superabundancia de estímulos e informaciones ha provocado la fragmentación y la dispersión de la percepción. Esta fragmentación o atención “multitasking” (multitarea) a la que se somete el sujeto contemporáneo es una capacidad que no solo aparece en el ser humano, explica el autor, sino que está ampliamente extendida en los animales salvajes. El multitasking es una técnica de supervivencia vital en la selva: un animal salvaje debe estar atento en todo momento a los diferentes elementos de su entorno para evitar ser devorado por otros depredadores. Esto imposibilita sumergirse en la contemplación. La capacidad de atención profunda y contemplativa, de la cual descienden los grandes logros de la humanidad, está siendo reemplazada progresivamente por la hiperatención y la hiperactividad. La agitación permanente, la supremacía de la vida activa que es ampliamente alabada en la sociedad de rendimiento no genera nada nuevo, reproduce y acelera lo ya existente, escribe Byung-Chul Han. La histeria y el nerviosismo imperante de la moderna sociedad activa, necesita a su vez del dopaje para un rendimiento sin fricciones: “La sociedad del rendimiento, como sociedad activa, está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad de dopaje”, a lo que agrega que el uso de drogas inteligentes, que posibiliten el funcionamiento sin alteraciones y maximicen el rendimiento, es una tendencia bien argumentada incluso por científicos serios que ven hasta irresponsable el no hacer uso de tales sustancias. El ser humano en su conjunto, no solo el cuerpo, se está convirtiendo paulatinamente en una “máquina de rendimiento”. “El cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas, que aísla y divide” concluye el autor. “Estos cansancios son violencia, porque destruyen toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje.” Atormentan con la imposibilidad de mirar y con la mudez. Utilizando el Ensayo sobre el cansancio’ de P. Handke, Byung-Chul Han teoriza sobre el cansancio del Yo que agotado se convierte en permeable para el mundo y desarma y afloja la atadura de su identidad. Las cosas se le vuelven más imprecisas, más permeables y pierden algo de determinación. El cansancio de la potencia positiva, por agotamiento, incapacita, confiere indiferencia y esta especial indiferencia otorga a los cansados un aura de cordialidad. Suprimiendo la rígida delimitación que divide unos de otros, este cansancio hace posible una comunidad que no necesite de pertenencia ni parentesco, unida por una profunda afabilidad, por un cordial levantamiento de hombros. De esta manera, “la sociedad venidera podría denominarse sociedad del cansancio”.

*****
(Una vez más dr. elephant ha subrayado aquello que le parece necesario recordar o poner a debate; una de las ideas que cae desde esta lectura que Ana March propone es que desestimar la experiencia de la otredad -corazón Real de la diferencia- es bloquear, incluso desmentir la experiencia del sujeto. Dicho de otro modo- y para esta vuelta lo formulamos como una pregunta: si hay sujeto ¿no es necesaria la experiencia real de la otredad? La idea de un sujeto cansado es lo más cercano a un no sujeto. V.G. mayo 2015)

lunes, abril 27, 2015

Piedras abajo - Mario Capasso


Piedras abajo

Mario Capasso

Cae la llovizna y el hombre, que ya ni repara en ella, apostado en la terraza, con el cuerpo levemente inclinado hacia la derecha, apunta con su arma a uno de los que ahí abajo, en la calle, no se queda quieto ni un momento y coloca una piedra tras otra. Si al menos se detuviera un instante, si cualquiera de ellos se detuviera un instante, se ilusiona el hombre del arma, que sacude la cabeza para desprenderse de las gotitas y que enseguida se pregunta si él entonces tendría el valor o la suerte de disparar. ¿Y si tuviera alguna de esas cosas? ¿Y si además acertara con el tiro justo y derribara a alguno por la vía de un balazo en la frente? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué harían los otros? Los otros, sí, los que no ha podido contar de tan iguales y construyen ese empedrado bajo la llovizna que no cesa y el cielo que nunca aclara. Confusamente reconoce no saberlo, el hombre del arma apunta y no acierta con las respuestas, y tampoco sabe, o no lo recuerda ahora, cuándo fue que empezó todo, y todo es este presente en el que los de "la cuadrilla", como él llama al grupo, van colocando una piedra y luego otra y otra más y sin embargo la construcción parece no avanzar, como si cada piedra reemplazara a una anterior y así. Y así. Entonces el hombre en la terraza, que ha pensado todas estas cosas, que ha dejado de apuntar, que ha colocado el arma en el piso, apoyada contra la pared, lanza al aire un resoplido y repite el gesto de sacudir la cabeza, trata de fijar mejor la vista, intenta concentrar su atención y comprender los movimientos de los que están ahí abajo, en la calle, y una vez más no lo logra, falla como ha venido fallando hasta ahora. Tiene al menos una certeza, y eso lo tranquiliza un poco, pues los de "la cuadrilla", como él los llama, jamás elevarán la vista para mirarlo, la experiencia de esas jornadas se lo ha enseñado, porque ellos permanecen más bien distantes, indiferentes, lo ignoran o quizá simulan ignorarlo, y eso que alguna vez les ha gritado, si hasta los insultó aquella tarde de hace algunas semanas, pero ellos siguieron y siguen reconcentrados en su trabajo diurno. Diurno sí, porque durante las noches. Las noches ahí abajo son otra cosa, esa es la verdad, pero, se dice enseguida, mejor no pensar ahora en lo que será la noche, y menos justo ahora que la hija ha subido y le ha traído una taza con café o algo que debería parecerse, la hija no debe ni siquiera sospechar lo que sucede durante las noches allí abajo. Abajo, el insoportable abajo de las noches, cuando la oscuridad es casi total, apenas casi, porque la luz de la luna, aun con las nubes, le permite entrever lo que pasa en la calle y es terrible y, pero basta ya de pensar en eso, que la hija se moja también y le está preguntando algo y él en lugar de contestar le pregunta si ha dormido bien, y también si ha estudiado, y la hija parpadea y se encoge de hombros y dice para qué, y agrega que mamá ha dicho que le diga matalos, decile a tu papá que los mate, que los mate a todos, que hoy, que eso ha ordenado su madre, y el que hoy vuelve a sonar, implacable, definitivo. Entonces el hombre expulsa un suspiro, mira hacia las otras terrazas, y se da cuenta o acaso apenas intuye que ya no habrá un disparo para absolverlo, que ya los otros han dejado de vigilar y de apuntar a los de "la cuadrilla", como él los llama, o tal vez quede todavía alguno en algún lugar que él no alcanza a observar, eso podría ser, se esperanza, eso podría ser, se repite, y así entonces quizás podría surgir de alguna otra parte el fogonazo salvador, el movimiento que pusiera en juego una ficha nueva en ese tablero en el que los de abajo ponen piedras en la calle y los de arriba vigilan y apuntan y no hacen fuego y esperan, eso si es que a esta altura queda alguno, alguno como él, que no se va a dar por vencido, y cuando se da vuelta y quiere decirle algo la hija se ha marchado y la llovizna sigue, entonces agarra la taza y bebe el café, que a todo esto se ha enfriado, cada gota se ha puesto más negra y se ha enfriado en ese invierno que parece no irá a terminar jamás, mientras el ruido de las piedras abajo sigue. De un trago, o dos, no más, el hombre ha bebido y ya está de nuevo apuntando, o más bien tratando de apuntar a la cabeza de alguno que, hijo de puta, no se queda quieto ni un instante, ni uno, y se agacha y coloca una piedra y luego otra y él intenta tenerlo en la mira y tal vez un solo tiro bastaría. Así las horas de la mañana pasan y pasan, como piedras.
Ahora es el mediodía, deduce el hombre en la terraza, abajo nada ha cambiado pero ha subido su mujer siempre con el mismo vestido y le ha traído algo para que coma. Es lo que hay, le ha dicho o es lo que él ha creído oír. La mujer se ha quedado algo alejada, no se asoma para nada a la calle y permanece algo rígida y lo mira, y cuando él mueve los labios ella abre la boca y le dice matalos, qué esperás para matarlos, no ves acaso lo que va a pasar si vos no los matás de una vez por todas, y cuando el hombre escucha las palabras, antes de que las palabras se terminen, deja de apuntar y apoya el arma a su derecha, contra la pared, y comienza a dejar que el pan se moje en su mano, el pan que le han traído, uno sólo hoy, apenas uno y tan breve, piensa, aunque no pregunta nada y el pan se moja en la lluvia que no cesa, y el hombre le dice a la mujer por qué no me trajiste ropa seca, y la mujer se da media vuelta y se aleja, y ya casi desaparece pero antes le dice te dije bien clarito que los mataras, y escupe con violencia y dice otra vez yo te lo dije y se va. La mujer ya no está y el hombre mira la terraza vacía y casi no la reconoce, tal vez por la bruma que crea la llovizna y que desdibuja todas las cosas. Luego come, despacio, el pan entra mojado en el cuerpo mojado. El cielo sigue igual y la llovizna sigue igual. El hombre termina de masticar sin apuro ese pan que le han traído y ahora le duelen las piernas, por momentos el dolor se le mezcla con el recuerdo del dolor, tal vez el de hace un rato cuando aún no se había dado cuenta que las piernas le dolían, o quizás el de hace unos años, cuando los dolores todavía no se le mezclaban. Trata de olvidar el dolor y se asoma y allí están nomás, las piedras, los hombres moviéndose y el paisaje de las piedras infinitas, y uno de los hombres ahora se está secando la frente con un trapo, guarda el trapo en el bolsillo y parece que va a mirarlo a él, pero no, se da vuelta apenas un poco y en apariencia habla con el que está al lado, y el que está al lado sonríe, asiente con la cabeza y no dice nada y se agacha y coloca una piedra, otra piedra que no agrega nada.
Es noche ahora y la llovizna sigue. Las piedras están quietas. Las mujeres han llegado y los hombres de "la cuadrilla", como él los llama, comienzan a meterse en ellas, que van pasando de mano en mano, de cuerpo en cuerpo, una tras otra, y las mujeres se dejan caer una tras otra. Hasta el ruido de la noche es similar al que se escucha durante los días, un ruido seco y duro, y él que no cede, allí arriba, en la terraza, empapado en lluvia y sudor, sin descanso posible espera que su mujer o su hija le alcancen algo para comer y alguna ropa seca. Mientras tanto, fuerza la vista y ni siquiera alcanza a distinguir aunque sea una de las caras de las mujeres, al menos una de las que cada vez parecen ser más y más, es así, no hay vuelta que darle, como si cada noche alguna se sumara, o más de una. Pero las caras se le borronean sin remedio en el interior de la neblina mientras él se sigue mojando ahí arriba y ya hace rato que no apunta, no apunta y oye las risas de los hombres de abajo, que parecen esta noche renovarse y festejar algo, como si a la fiesta hubiera llegado el último invitado. El que permanece arriba sufre con las risas de los hombres que no dejan de moverse y de penetrar en las mujeres y no lo miran nunca.
Ha sido una noche terrible, piensa el hombre, quizás la peor que le ha tocado presenciar, pero en algún impreciso momento advierte que por suerte ha terminado, un leve cambio en la luz del amanecer, o tal vez la señal haya sido el hecho de que las mujeres ya no están en la calle y están las piedras, lo que para el de arriba es casi lo mismo, salvo por las risas y el jadear de los hombres, porque el ruido es siempre igual, un ruido seco y duro, de piedras o de mujeres que se van incrustando. Y entonces, aunque llueve igual que los otros días y el cielo sigue tan oscuro como siempre y las horas han pasado tan iguales, el hombre se da cuenta de que algo ha cambiado. La hija no ha subido, y no hay café esa mañana y hay más viento, un viento arremolinado que lo hace tiritar. Y pensar. Tendría que disparar, ahora, ¿qué puede pasar?, o a lo mejor convendría esperar, ¿qué podría pasar?, con apenas un tiro la pesadilla habrá terminado, o comenzará a terminarse, se dice, pero no dispara, no dispara y las horas del día transcurren con los minutos cada vez más pesados, una carga por momentos insoportable, se dice, y encima nadie le ha traído ni bebida ni comida ni ropa seca, y que no importa, se dice el hombre en la terraza, no importan ni el frío ni el hambre ni el cansancio, ya nada tiene la menor importancia, ni siquiera el viento y la llovizna, se dice. Él no se va a dar por vencido, jamás, y apenas alguno se quede quieto apuntará bien y apretará el gatillo, se dice. Están atrapados, se dice.

del libro: Piedras heridas. Mario Capasso. Editorial Corregidor, 2005. págs 9-12



El libro Piedras Heridas obtuvo el 2do premio del Fondo Nacional de las Artes en 2003, Argentina.

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